Para entender el "cuadro" histórico y social de Samper de Calanda (Bajo Martín, Teruel), hay que entrelazar cinco hilos fundamentales: la tierra, la fe, la ciencia rural, la ambición de la Revolución Industrial y las infraestructuras. Cada uno de estos elementos define la identidad de este pueblo aragonés. A continuación, se detalla cómo encajan estas piezas en la historia de Samper:
1.
La Agricultura: El motor de la vida cotidiana como en la mayor parte del Bajo
Aragón, la vida en Samper de Calanda ha girado históricamente en torno a su
paisaje agrario. Las tierras de secano y los huertos regados por el río Martín
han producido durante siglos los tres pilares de su economía tradicional: El
olivo: productor del preciado aceite de oliva de la variedad empeltre. El
cereal y la vid, que completaban la subsistencia del campo. La huerta: destinada
al consumo local y al comercio cercano. La agricultura no era solo un oficio,
sino el ritmo que marcaba los días, las festividades y la estructura social del
municipio.
2.
Los Agustinos Calzados y el Convento de Santa Quiteria la huella espiritual y
cultural de Samper está ligada a las órdenes religiosas, destacando los
Agustinos Calzados. Esta orden masculina se estableció en las afueras del
pueblo, gestionando el Convento de Santa Quiteria. Durante siglos, los monjes
dinamizaron la vida eclesiástica, influyeron en la educación y en la gestión de
tierras, y arraigaron profundamente la devoción a Santa Quiteria en la localidad.
El fin de su presencia llegó en el siglo XIX con la Desamortización de
Mendizábal, momento en que el convento fue desocupado. El edificio pasó más
tarde a convertirse en la ermita que hoy conocen los campesinos, manteniendo
viva la Cofradía de la santa.
3.
Don Francisco Loscos Bernal: el boticario que asombró a Europa nacido en Samper
de Calanda en 1823, Francisco Loscos Bernal es uno de los científicos más
ilustres y a la vez más humildes de la historia de Aragón. A pesar de ejercer como farmacéutico rural en
pequeñas localidades de la zona (como Castelserás o Chiprana), su verdadera
pasión fue la botánica. Caminando
incansablemente por el territorio turolense, recolectó, catalogó y describió
más de 2.600 especies de plantas. Desde sus modestas reboticas, mantuvo
correspondencia científica con las universidades y botánicos más prestigiosos
de Europa. Publicó obras fundamentales como la Flora de Aragón y la Flora
farmacéutica española, y llegó a rechazar una prestigiosa cátedra en Alemania
para quedarse a trabajar en su tierra. Varias especies botánicas llevan su
nombre en su honor (abreviatura científica: Loscos).
4.
Don León Cappa y Béjar: el alcalde visionario León Cappa (1814-1896) fue un
militar, ingeniero y político clave para entender la modernización de Samper de
Calanda. Su Alcaldía: En 1860 fue
nombrado alcalde de Samper. Su mandato transformó el pueblo: ordenó construir
el actual edificio del ayuntamiento, urbanizó el antiguo foso del castillo
medieval para crear nuevas calles y, en 1862, instaló el primer alumbrado
público de la localidad. También edificó
la plaza de Santo Domingo, planeando de forma visionaria un espacio urbano
amplio previendo que la modernidad —en forma de vías de tren— terminaría
llegando al municipio.
5.
El Ferrocarril: la llegada del progreso, León Cappa no solo transformó las
calles de Samper; fue uno de los grandes promotores del ferrocarril en la
provincia de Teruel. Inspirado por la Revolución Industrial inglesa, Cappa
buscaba conectar las ricas cuencas mineras de carbón de Ultrillas y Gargallo
con el río Ebro para poder exportar el mineral.
Aunque sus primeros proyectos específicos (como la línea
Gargallo-Escatrón) sufrieron parones y dificultades financieras, su insistencia
sembró la semilla de las infraestructuras de la zona. A finales del siglo XIX,
la llegada definitiva del ferrocarril (como la línea de los Directos a Zaragoza
y Barcelona) cambió las reglas del juego para Samper de Calanda. La estación no
solo permitió exportar los productos de su agricultura, sino que rompió el
aislamiento geográfico del Bajo Aragón, conectando el sudor de sus campos
directamente con la modernidad del siglo XX. Este es el retablo histórico de
Samper de Calanda: un pueblo que hunde sus raíces en la tierra y el convento,
pero que supo mirar al microscopio de la ciencia botánica y subirse a los
raíles del progreso industrial.


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