Ante las Cortes
Generales, León XIV defendió tres mensajes totalmente políticos:
2º- recordó las
posiciones de la Iglesia en contra del aborto y la eutanasia, a sabiendas de
que el parlamente aprobó su reconocimiento y que la sociedad española (hasta la
mayoría de los quienes se declaran católicos, no siguen las disposiciones de la
Iglesia, ni en estas ni en otras, como por ejemplo el divorcio o la práctica permisiva
de la sexualidad).
3º- se pronunció en
contra de las guerras y a favor de una resolución pacífica y multilateral de
los conflictos internacionales, mientras la guerra seguía en Oriente Próximo y
en Ucrania. “No podemos creer en Jesús y promover la guerra” -añadió
también- durante la misa celebrada en la Sagrada Familia.
En Cataluña, durante su visita a la prisión de Brians y a la parroquia de Sant Agustí, pidió respeto y humanidad para los desheredados. Y en Canarias, donde acudió para hacer visible el drama de la inmigración, advirtió a la sociedad y a los gobiernos europeos que “no se puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”.
Para los agnósticos,
los ateos, los herejes, los nihilistas, los miembros de otras confesiones
religiosas, como los evangélicos o
musulmanes, que los hay, y cada vez más, o los simplemente escépticos como yo,
lo que diga el Papa de Roma, le interesa y lo respeta (como es mi caso), o no;
pero para la mayoría de la ciudadanía española que es católica en su mayoría
como lo demuestra la gente que ha acudido a recibirlo en todas sus comparecencias,
me sorprende el poco caso que le hacen cuando saben que la palabra del Papa es
infalible cuando habla de fe y pecado mortal, si no cumplen sus disposiciones, cuando habla de política.
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