Familia Ulises, clase media-baja, de posguerra |
Si le preguntamos a un joven estudiante de instituto o
de universidad a que clase social pertenece, seguro que dice que a la clase
media; muy pocos dirán que pertenecen a la clase trabajadora, una categoría hoy
en desuso (también por imprecisa, hay que reconocerlo). No dirá tampoco que
pertenecen a la clase obrera, un término más concreto para definir a los
trabajadores manuales y de servicios no cualificados, pero con el que la
mayoría de la juventud actual no quiere identificarse, y menos serán quienes digan
que pertenecen a la clase baja, aunque lo sean sus padres.
Es evidente que las generaciones actuales aspiran a
desclasarse y a elevar su estatus social por encima del de sus progenitores. Forma
parte de la ideologización que se ha dado a la juventud en las últimas décadas,
y hablo de ideologización conscientemente, ahora que está tan de moda este
palabro para lanzarlo como un guijarro unos contra otros. La escuela, los
medios de comunicación, las “redes”, la educación familiar, hasta las tabernas,
ideologizan; por supuesto los partidos políticos y la Iglesia; los cultos y las
religiones. O por lo menos lo intentan. Yo soy de la opinión de que cuando lo
hacen irracionalmente, con autoritarismo o con sectarismo, a la larga, el
resultado es el contrario; por ejemplo: los países que más anticomunismo hay
son la mayoría de los excomunistas del Este de Europa, y España es quizá el país
más anticlerical que existe en el orbe católico. En los hoy islamistas pasará
lo mismo. El nacionalismo españolista del Movimiento nos inmunizó a muchos españoles
de ser nacionalistas españoles furibundos. En Cataluña y Euskadi pasará algo
parecido, porque dentro de bastantes años, vendrán otras generaciones con otros
intereses, prejuicios o valores que ya no coincidirán con los que les tocó vivir
a sus padres y abuelos.
Estas nuevas generaciones se enfrentarán a una
realidad que habrá cambiado y seguramente sus valores, aunque sean
tradicionales, ya no serán tan dogmáticos sino totalmente permisivos, como pasa
con la mayoría de los católicos actuales que solo lo son
formalmente y viven la religión como una tradición mitológica y ritual. O como
le pasa al nacionalismo español, que somos mayoría en España, pero la mayoría también
ya no lo sentimos con la pasión que lo sienten estos nuevos nacionalismos
emergentes por culpa de los excesos chauvinistas del Movimiento Nacional franquista
español.
Pero no se hagan ilusiones; no existe el apoliticismo
ni la desideologización. Nadie hace eso (antes creía que los budistas, pero después
de ver lo que hacen en algunos países de mayoría budista con las minorías, me
retracto), Todo el mundo tiene opiniones y los diversos colectivos mencionados
anteriormente, además, buscan influir en la sociedad e ideologizarla; tu y yo
también, no seamos hipócritas. A no ser que estemos amorfos, sin criterios ni
valores; sin opinión. Somos ciudadanos con dudas, pero también con certezas. A
veces con demasiadas certezas.
Esta obsesión por el ascenso social por parte de las
clases trabajadoras, que se ha cortado en los últimos años, mermando las expectativas
de las nuevas generaciones, junto con la crisis y el empobrecimiento progresivo
de algunas clases medias de verdad que han visto descender su estatus social y
la seguridad económica que tenían (aunque lo oculten), explica mucho la quiebra
del bipartidismo en España; del ascenso de los nacionalismos periféricos o
regionalismos y localismos exaltados, peninsulares o insulares; de la llegada
de Podemos a las instituciones y de la extrema derecha.
Todos estos bloques, además de los tradicionales (PP,
PSOE, PNV y exCiU), ya conservadores, son representativos de la España que
tenemos; de su pluralidad y de su complejidad, y son también exponentes de la
crisis social, económica y de valores que estamos sufriendo. No podemos creer
que todos los que no piensan como nosotros están enajenados o son tontos; es lo
que tenemos y con lo que tendremos que lidiar democráticamente, por emplear un símil
taurino (que no les gusta a los antitaurinos y animalistas -que son un segmento
emergente dentro de las nuevas clases medias-).
Pero ¿Qué es la clase media? Algo que tenía claro de
explicar al comienzo de empezar a escribir este artículo y que se me ha ido
diluyendo en el tozuelo mientras escribía:
De momento tenemos en España y parte del extranjero,
múltiples clases medias; desde las más bajas (casi en el umbral de la pobreza
según el INE), hasta las más altas, y dispersas, no solo en cuanto a su nivel
de rentas, si no en cuanto a su ideología. Los estudiosos hablan de tres según
su nivel de rentas: media-baja, madia-media y media alta, pero con una gran
movilidad en los últimos años y, por lo tanto, ya no representan exactamente a los
estereotipos tradicionales. Además de los pobres, que han aumentado últimamente,
provenientes de clases medias empobrecidas, y de los ricos, que dicen que, a
pesar de la crisis, también han aumentado (nuevos ricos, no siempre bien vistos
por los ricos tradicionales). O sea, como para poder gobernar a tantas clases
sociales, con su diversidad ideológica y con tan diversos sentimientos patrios.
Es muy, pero que muy difícil el contentar a todos. Habría
que contentar a la mayoría; pero siempre habrá quien no esté de acuerdo o
piense (y puede ser verdad), que han lastimado sus intereses. Como dicen los
mejicanos: “alguien saldrá perjudicado”.
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