sábado, 7 de noviembre de 2026

Narrativa. Recuerdos de mi padre. (Capítulo IV)

 Memorias de un samperino

Cap. IV. Cuando fui a la escuela ya sabía leer

Autor: Miguel Salas Yebra

Era un día de verano, entrada ya la noche, y a lo lejos vi aparecer a mi padre. De inmediato, comprendí que algo no iba bien. No era habitual que yo estuviera en la calle a esas horas, ni que mi padre saliera a buscarme. Llevaba horas correteando y jugando con mis amigos en un descampado no muy lejos de casa. Estaban haciendo unas obras y las pequeñas montañas de tierra, arena y ladrillos rotos nos servían de trincheras improvisadas para nuestras escaramuzas infantiles.

La diversión se alargó más de lo normal y veo a mi padre con cara de pocos amigos llamándome a grito pelado. Al oír su voz eché a correr hacia él mientras veo que se va sacando la correa del pantalón y todo va tan rápido que, aunque no me da tiempo a pensarlo, ya imagino lo que se avecina. Al llegar a su altura recibo un buen correazo en el culo. Pero me dejó pasar sin más; no quiso ensañarse. Fue un castigo breve, casi simbólico, más una advertencia que otra cosa. En su expresión noté rabia, pero no solo dirigida a mí, sino también, quizás, a sí mismo o a la situación.

Han pasado muchos años, y aún conservo esa escena como si hubiera ocurrido ayer. Subí a casa a toda velocidad. Mi madre no me riñó. Con el tiempo, reconstruí mentalmente aquel momento: ya había anochecido y mi padre tenía que irse a trabajar al turno de noche en la mina. No podía marcharse sin saber que yo había regresado a casa. Supongo que eso lo angustió. La empresa ponía autobuses desde el pueblo, y si se perdían, no había forma fácil de llegar, y llegar tarde o faltar al trabajo podía tener consecuencias.

Conservo este recuerdo tan vívido porque fue el único castigo corporal del que tengo memoria. Seguro que me debí llevar algún que otro coscorrón o bofetada, pero debió ser circunstancial. En casa reinaba un ambiente tranquilo y respetuoso. No recuerdo discusiones fuertes entre mis padres, y mucho menos que mi padre le alzara la voz a mi madre. Los castigos corporales, tan presentes en esa época, apenas los sufrimos. Los pocos que había eran delegados a mi madre cuando mi padre le decía: “no les pegues en la cabeza, pégales en el culo”. Quizás le dolían como a nosotros o pensaba que un golpe en la cabeza podía afectar a nuestra evolución.  

Años más tarde, al leer la Carta al padre de Kafka, valoré aún más la relación que tuve con el mío. Kafka le escribe: “Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo”. Yo, en cambio, nunca sentí miedo de mi padre. Al contrario, lo que predominaba era el amor y el afecto. Kafka le sigue reprochando: “Esa desconfianza que tú tienes hacia todo no es, sin embargo, tan grande como la que yo tengo frente a mí mismo y en la que tú me has educado”. Yo solo recuerdo gestos de confianza, ayuda y responsabilidad por parte de mi padre, las mismas que él había aprendido a cultivar y transmitir.

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Miguel Salas Yebra nació en Samper en el año 1954, se trasladó, de muy niño, con sus padres, a Andorra donde residió unos pocos años y más tarde a Barcelona dónde ha vivido hasta ahora. Nunca perdió la vinculación con su pueblo.


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