Cap. IV. Cuando fui a la escuela ya sabía leer
Autor: Miguel Salas Yebra
Era un día de verano, entrada ya la noche, y a lo lejos vi aparecer a mi padre. De inmediato, comprendí que algo no iba bien. No era habitual que yo estuviera en la calle a esas horas, ni que mi padre saliera a buscarme. Llevaba horas correteando y jugando con mis amigos en un descampado no muy lejos de casa. Estaban haciendo unas obras y las pequeñas montañas de tierra, arena y ladrillos rotos nos servían de trincheras improvisadas para nuestras escaramuzas infantiles.
La
diversión se alargó más de lo normal y veo a mi padre con cara de pocos amigos
llamándome a grito pelado. Al oír su voz eché a correr hacia él mientras veo
que se va sacando la correa del pantalón y todo va tan rápido que, aunque no me
da tiempo a pensarlo, ya imagino lo que se avecina. Al llegar a su altura
recibo un buen correazo en el culo. Pero me dejó pasar sin más; no quiso
ensañarse. Fue un castigo breve, casi simbólico, más una advertencia que otra
cosa. En su expresión noté rabia, pero no solo dirigida a mí, sino también,
quizás, a sí mismo o a la situación.
Han
pasado muchos años, y aún conservo esa escena como si hubiera ocurrido ayer.
Subí a casa a toda velocidad. Mi madre no me riñó. Con el tiempo, reconstruí
mentalmente aquel momento: ya había anochecido y mi padre tenía que irse a
trabajar al turno de noche en la mina. No podía marcharse sin saber que yo
había regresado a casa. Supongo que eso lo angustió. La empresa ponía autobuses
desde el pueblo, y si se perdían, no había forma fácil de llegar, y llegar
tarde o faltar al trabajo podía tener consecuencias.
Conservo
este recuerdo tan vívido porque fue el único castigo corporal del que tengo
memoria. Seguro que me debí llevar algún que otro coscorrón o bofetada, pero
debió ser circunstancial. En casa reinaba un ambiente tranquilo y respetuoso.
No recuerdo discusiones fuertes entre mis padres, y mucho menos que mi padre le
alzara la voz a mi madre. Los castigos corporales, tan presentes en esa época,
apenas los sufrimos. Los pocos que había eran delegados a mi madre cuando mi
padre le decía: “no les pegues en la cabeza, pégales en el culo”. Quizás le
dolían como a nosotros o pensaba que un golpe en la cabeza podía afectar a
nuestra evolución.
Años
más tarde, al leer la Carta al padre de Kafka, valoré aún más la
relación que tuve con el mío. Kafka le escribe: “Hace poco me preguntaste por
qué digo que te tengo miedo”. Yo, en cambio, nunca sentí miedo de mi padre. Al contrario,
lo que predominaba era el amor y el afecto. Kafka le sigue reprochando: “Esa
desconfianza que tú tienes hacia todo no es, sin embargo, tan grande como la
que yo tengo frente a mí mismo y en la que tú me has educado”. Yo solo recuerdo
gestos de confianza, ayuda y responsabilidad por parte de mi padre, las mismas
que él había aprendido a cultivar y transmitir.
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Miguel
Salas Yebra
nació en Samper en el año 1954, se trasladó, de muy niño, con sus padres, a
Andorra donde residió unos pocos años y más tarde a Barcelona dónde ha vivido
hasta ahora. Nunca perdió la vinculación con su pueblo.

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