Cap. III. Cuando fui a la escuela ya sabía leer
Autor: Miguel Salas Yebra
Mi padre me enseñó a leer. No era maestro ni tenía una gran formación, pero estaba convencido de que solo a través de la educación podía mejorar el futuro de su familia. Y a ello se aplicó. Solía hacerlo al atardecer, quizás después de terminar su jornada o antes de irse cuando trabajaba en el turno de noche. Con la tenue luz de aquellos tiempos —la electricidad apenas alcanzaba para iluminar lo justo— nos sentábamos en torno a una mesa camilla en la cocina. Era una de esas mesas antiguas, con faldones que cubrían un brasero en su interior para combatir las frías noches de invierno.
La
cocina no era solo eso: también era comedor y sala de estar. En esa misma
habitación, donde una cocina económica alimentada con carbón nos daba calor, mi
madre colocaba un balde sobre la mesa y nos bañaba allí, ya que en casa no
había ducha.
Con
infinita paciencia, me introdujo en el mundo de las palabras. Los recuerdos se
entremezclan entre imágenes borrosas y sonidos que todavía resuenan en mi
memoria: me enseñaba a interpretar los signos, a pronunciarlos y dibujarlos.
Seguramente no siguió ningún método preciso; quizás replicaba la manera en que
él aprendió, o sencillamente, con la paciencia que da el cariño, fue
mostrándome las letras y cómo reproducirlas. En casa todavía no habían entrado
los libros, así que debió comprar alguno, o alguna libreta que le sirviera de
guía, quizás, no sé, pidió ayuda a algún conocido. Nunca habló de sus
experiencias escolares, ni del esfuerzo para enseñarme, pero estoy seguro que
debió sentirse orgulloso y me pregunto si fue consciente de la confianza que
eso me produjo y de la pasión por los libros que he mantenido el resto de mi
vida.
Aprender
a leer tan pronto me generó un cierto favoritismo en mis primeros años
escolares. Empecé en el parvulario de las monjas paulas, las Hijas de la
Caridad de San Vicente de Paúl, que habían llegado a Andorra en 1955 y se
ocupaban de la educación infantil. Sor Paula me tomó especial cariño y siempre
buscaba ocasiones para que me luciera. Recuerdo especialmente dos momentos.
Debía tener no más de cinco años. Se celebró un acto -quizás de fin de curso o
de alguna celebración religiosa- en la que los niños y niñas íbamos mostrando
nuestras aptitudes. A mí me encomendaron retransmitir un partido de fútbol.
Allí me veo, solo en un escenario enorme radiando un partido de fútbol,
recitando las alineaciones de ambos equipos, muy probablemente las del Madrid y
el Barcelona, y explicando a la audiencia que un jugador pasaba la pelota al
otro, que el defensa la rechazaba, que el extremo avanzaba por la banda y
centraba para que otro rematara marcando goooool. No debieron ser más de cuatro
o cinco minutos, pero, como es fácil imaginar, fueron mis momentos de gloria
infantiles.
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| Samper Club de Futbol |
En
otra ocasión, alguien vino a buscarme a casa con urgencia. Me llevaron al
edificio donde vivían las monjas —o quizá al de los ingenieros y jefes de la
empresa, entonces llamada Empresa Nacional Calvo Sotelo, dedicada a la
explotación minera y a la producción de energía en la central térmica de
Escatrón, hoy Endesa—. Era sor Paula quien me había hecho llamar para
presentarme ante unos misioneros llegados de la India. En una foto aparezco con
ellos —hombres con largas barbas, que parecían salidos de un cuadro colonial—,
con sor Paula, otras monjas, algunos jefes de la empresa y yo, un crío de
apenas cinco años, contando no sé qué historias. Resultó que uno de los
misioneros conocía a otro, seglar, también de mi pueblo, Samper de Calanda,
quien años después acabaría casándose con quien había sido novia del hermano de
mi madre. Así son los giros curiosos de la vida.
Esa
situación privilegiada fue causa también de un shock con las creencias.
Recuerdo un día, en el edifico donde residían las monjas, cuando sor Paula me
invitó a una sala donde había una pequeña máquina y me ofreció comer trozos de
obleas rotas. Estaban deliciosas, pero pronto entendí que eran de las hostias
que el cura bendeciría en la misa y que nos ofrecería como si fuera el cuerpo y
la sangre de Jesucristo. Se acababa de romper la “magia” religiosa, o sea todo
era más prosaico, las monjas hacían las hostias y se podían comer como si
fueran un dulce. El misterio quedaba al descubierto.
Al
pasar a la escuela nacional, aquellos pequeños privilegios terminaron. Pero
allí me encontré con un excelente maestro. Años después, al leer las memorias
de Eloy Fernández, que fue director de la revista política aragonesa Andalán,
al que conocí poco antes de morir y que había nacido en Andorra, descubrí que
hablaba de “un veterano maestro de las escuelas de la empresa Calvo Sotelo, don
Pedro Mompel”. Ese fue mi maestro.
La
educación combinaba el aprendizaje básico con la enorme presencia del nacional-catolicismo
impuesto por el franquismo. En esos años, los salesianos que también se habían
establecido en el pueblo inauguraron un centro donde se proyectaban películas
los domingos por la tarde. Para acceder gratis tenías una cartilla nominal en
la que debía constar que habías asistido a dos actividades religiosas, la misa
de la mañana del domingo y la bendición de la tarde. Sin esas marcas no podías
entrar gratis, si solo tenías una pagabas 50 céntimos y una peseta si no tenías
ninguna. En casa no sobraba el dinero, así que había que ingeniárselas para
colarse o conseguir las marcas como fuera.
Más
de una vez escuché: “tienes que estudiar para no cavar zanjas como tu padre”.
Era mi madre quien lo pronunciaba, porque en mis padres había la firme
convicción de que cualquier mejora social y económica pasaba por saber más, por
aprender más, por ser más culto. Sin educación no había futuro, solo más zanjas
por cavar. No hubo hambre en mi familia, pero si escasez. Se vivía al día y a
veces de prestado. En esa misma cocina donde aprendí a leer, la mayor parte de
las noches de invierno la cena consistía en unas sopas de pan, que todavía
ahora disfrutaría. Era la comida más económica que se pueda imaginar. Se hervía
agua que se vertía en un cuenco con un ajo y pan seco y un chorrito de aceite.
Algunas noches, no todas, se acompañaba de un huevo. Otras noches el huevo se
convertía en una tortilla.
La
necesidad de mejorar las condiciones de vida era evidente, pero iba más allá de
lo material. Esa generación que a duras penas aprendió a leer y escribir, que
tuvo que dejar la escuela para ayudar en casa, que la misma escuela, destrozada
y abandonada por el franquismo, ofrecía pocas posibilidades de estudio,
comprendió que en la educación estaba el futuro de sus hijos. Se alzó por
encima de las miserias y calamidades de la época para cambiar el peso
arrastrado por muchas generaciones anteriores de miseria, escasez,
sobreexplotación, analfabetismo e incultura. Sabían que ellos ya no podrían dar
el salto y se dedicaron en cuerpo y alma a que pudieran hacerlo sus hijos.
Quizás, de una manera inconsciente quisieron continuar lo que sus maestros les
enseñaron siendo niños durante los pocos años que duró la Segunda República y
que el franquismo y las condiciones de la época les arrebató: una buena
enseñanza y una buena cultura. Y ahí, precisamente, reside para mí el valor
incalculable de aquel gesto de mi padre, enseñándome a leer antes de que
pudiera ir a la escuela.
Siempre
mantuvieron firme esa idea. Al llegar a Barcelona, asistí durante algunos meses
a la Escuela Nacional, una clase abarrotada con decenas y decenas de niños,
donde el maestro imponía el orden con el palo, literalmente. Al comenzar el
nuevo curso, mis padres hicieron un esfuerzo económico para matricularme en una
academia privada: la Academia San Luis. En aquella época había poca oferta de
escuela pública y aún no existía la enseñanza concertada.
Fue,
sin duda, la mejor inversión que hicieron por mí. Recibí una educación de las
mejores que podían obtenerse en ese tiempo y en nuestro barrio. Además, cuando
falleció mi padre, los directores del centro, Luis Rodríguez y Luisa Latre,
ofrecieron generosamente que continuara mis estudios sin pagar la mensualidad,
limitándose solo a los gastos de material. No hay palabras suficientes para
expresar el profundo agradecimiento de nuestra familia, de donde nació una
entrañable amistad entre mi madre y la señorita Luisa.
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Miguel
Salas Yebra
nació en Samper en el año 1954, se trasladó, de muy niño, con sus padres, a
Andorra donde residió unos pocos años y más tarde a Barcelona dónde ha vivido
hasta ahora. Nunca perdió la vinculación con su pueblo.


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