Memorias de un samperino
Cap. ll: Mi primer recuerdo es una fotografía
Autor: Miguel Salas Yebra
Cuando nací, se heló el río de mi pueblo. Mi madre lo explicaba orgullosa, como si aquel hecho extraordinario de la naturaleza fuera un presagio misterioso, o quizá porque quería asociar su maternidad a un acontecimiento memorable. Fue en el invierno de 1954, uno de los más fríos que se recuerdan. Hubo nevadas copiosas por toda España, y aún hoy algunos observatorios registran aquellas temperaturas como de las más gélidas del siglo. Afectó a casi toda Europa, hasta el punto que algunos periódicos publicaron que París parecía la capital de Siberia.
Nací
en Samper de Calanda, un pueblo de la provincia de Teruel, en una familia
humilde y campesina. Por razones que desconozco, mis abuelos paternos habían
vendido casi todos los campos que tenían, que tampoco eran muchos, y desde bien
joven mi padre trabajó para uno de los mayores propietarios del pueblo. Lo
hacía principalmente en el molino, cuidaba de los impeltes (del vocablo
aragonés impeltar, injertar, que se utiliza igual para denominar a la
variedad como al olivar), recogía las olivas cuando tocaba y las molía,
curiosamente no recuerdo oírle hablar de esa actividad. En cambio, sí que recordaba
con orgullo las épocas de siega, cuando el trigo, maduro bajo el sol del
verano, se recogía con esfuerzo y destreza. Como era habitual en la época fue
pocos años a la escuela, aunque leía y escribía con facilidad.
La
familia de mi madre vivía también de la agricultura, su situación económica no
era muy boyante y empeoró cuando murió su padre el 23 de marzo de 1945. Ella
tenía apenas 18 años.
Nunca
estuvieron del todo claras las causas de su muerte. Había hecho un viaje en
carro hasta Zaragoza —un trayecto de unos 70 kilómetros— para comprar, al
parecer, alguna pieza necesaria para las faenas del campo. Aquella travesía,
entre la ida, la vuelta y las gestiones, debió de durar varios días. Poco
después enfermó de neumonía. Algunos contaban que cayó al agua al cruzar una
acequia y no logró secarse bien; otros decían que durmió al raso en pleno
invierno y el frío le pasó factura. Lo cierto es que falleció pocas semanas
después de aquel viaje.
Mi
madre, como tantas mujeres del campo, trabajó desde muy joven. Recordaba con
especial entusiasmo la que debió ser una de sus primeras salidas del pueblo:
fue a recoger almendras a Valdealgorfa, a unos 50 kilómetros de distancia. El
nombre de aquel lugar, tan sonoro y peculiar, quedó grabado en el imaginario
familiar.
Los
problemas de la vivienda parecen ser congénitos en la historia de este país,
incluso en pueblos pequeños. Mis padres cambiaron de casa a menudo. Nací en la
que ya era su segunda vivienda de casados, la que llamaban la “casa del estanco”,
pues en los bajos estaba la tienda donde se vendía tabaco y sellos. Estaba en
una calle estrecha, junto a las escaleras que comunican la parte alta del
pueblo con el Barrio Bajo. No tengo ningún recuerdo de esa vivienda, salvo la
frase que me repetían al pasar por allí: “ahí naciste tú”.
Tenía
nueve meses cuando nos trasladamos a vivir a Andorra, un pueblo minero distante
unos 35 kilómetros. Andorra se extendía alrededor del cabezo de San Macario, con
calles empinadas y casas antiguas. Mi padre se había marchado unos meses antes,
pues la actividad minera atraía a mucha gente de otros pueblos y regiones. En
diez años casi dobló la población: en 1950 aparecen censados 4.485 habitantes y
en 1960 ya eran 7.795. Se estaban explotando las minas y se había construido un
ferrocarril que llevaba el carbón desde Andorra a la central térmica de Escatrón
pasando por Samper de Calanda. Durante unos dos años vivimos juntos mis padres
y yo con su hermano Pepe y su mujer Pilarín, en la zona del pueblo conocida
como el Peñal. Probablemente, cuando mi madre se quedó embarazada de mi hermana
Rosa Mari decidieron buscar un nuevo alojamiento, y lo encontraron en lo que era
la parte nueva del pueblo, la que se fue construyendo entre el casco antiguo y
el barrio minero.
A
diferencia de otros pueblos, donde el centro de la vida social es la plaza del
ayuntamiento o la iglesia, en Andorra ese papel lo ocupaba la carretera. Los
griegos tienen un verbo, “agorazein”, que significa “salir a la plaza a
ver qué se dice”, cuyo significado se puede extender a salir de casa sin una
idea precisa, encontrarse con otros, esperar a ver qué ocurre o sentirse parte
de un colectivo. Algo así hacían los andorranos. Al terminar la jornada
laboral, era costumbre salir a la carretera: para encontrarse con los vecinos,
jugar a las cartas, tomar una copa en los bares o, simplemente, romper la
rutina diaria. Especialmente animada estaba los domingos y los días festivos.
Era el momento de saludar a conocidos, pasear con los amigos, lucir la ropa
nueva o simplemente mirar a los demás. El recorrido no era largo, quizá ni
llegaba al kilómetro, pero se caminaba de un extremo al otro y luego se volvía,
como para dejar constancia de que uno había estado allí. No había monumentos ni
edificios singulares, y sin embargo aquel paseo tenía algo magnético. La vida
se sentía y se compartía a través de ese paseo.
Mi
primer recuerdo es esta fotografía tomada en ese lugar. En el fondo de la imagen
se aprecia bastante gente, por lo que debería ser un día festivo y, más que
posar para el fotógrafo, parece como si les hubieran sorprendido. A la
izquierda, una mujer corre apresurada, y a la derecha, un hombre -que no debía
estar allí- esboza una sonrisa, como si buscara un momento de gloria en una
escena a la que no estaba invitado.
La
fotografía, bien centrada -seguramente obra de alguien con experiencia- muestra
a mi padre y a su hermano Pepe en los extremos, acompañados por mi madre y mi tía
Pilarín. En el centro estoy yo, un poco cohibido por la situación.
Debía
de ser la primavera de 1955. Ya me sostengo de pie, aunque no parece que tenga
mucha estabilidad. Lo confirma también el hecho de que mi madre aún no estaba
embarazada de quien sería su segunda hija, Rosa María, nacida en julio de 1956.
Mis padres visten con ropa sencilla, algo más arreglados mis tíos. Las mujeres
llevan la habitual rebeca de entretiempo; ellos, traje sin corbata. Mi padre
aparece con su complexión recia —como se dice en Aragón—, ancho de espaldas, y
ya con entradas en el cabello a sus 32 años. En su frente destaca una línea
blanca, marca del sol y de la boina o el pañuelo con los que solía cubrirse; el
resto del rostro aparece moreno y curtido. Lleva un traje algo gastado, con el
cuello de la camisa sobresaliendo por encima de las solapas de la chaqueta.
Nunca fue muy elegante, herencia que, creo, he continuado. Mi madre también
viste con sencillez, en contraste con la elegancia de Pilarín o con la que
siempre lució Pepe al vestir.
En
la carretera estaba el quiosco de Pablo, que abría de madrugada para atender a
los mineros que “enganchaban” (así se decía) en el primer turno del día. También
estaban los otros bares, donde se tomaba café, alguna copa o se jugaban las
asiduas partidas de cartas. Estaban los cines, que tanto nos atraían, y también
la estación de autobuses, que era el único medio de llegar o salir del pueblo
en una época en que pocos tenían acceso al transporte privado.
La
fotografía, con su mezcla de espacio físico y humano, evoca recuerdos íntimamente
ligados a mi padre. Mi cerebro no puede olvidar el sabor al helado de vainilla de
una pequeña heladería cercana. Fuera por la sorpresa de la primera vez o por la
intensidad de su sabor, el hecho es que la vainilla siempre quedó asociada a
ese lugar.
Algunos
domingos mis padres iban a tomar el vermut. Se solía hacer después de asistir a
misa, aunque no en nuestro caso, pues mi padre no solía practicar la religión,
no recuerdo haber ido a misa con mi padre, más allá de bodas, bautizos y
comuniones. Quizás era su reacción a la extrema religiosidad de mi abuela. Nunca
me habló de curas, ni de iglesia, ni de dioses. Pero, una cosa era no ir a misa,
y otra bien distinta renunciar al vermut. Deseaba que me llevara a tomar una
tapa de calamares rellenos en conserva, servida en los típicos platillos
blancos alargados. Aquel sabor quedó para siempre como una de mis pequeñas debilidades.
Estar con él me hacía sentir seguro e importante.
Antes
de volver a casa, solíamos pasar por una pastelería —también en la carretera—
para comprar unos pasteles que aún hoy permanecen en mi memoria: merengues y
pequeños bizcochos borrachos de almíbar, pero sobre todo los merengues.
Por
esa misma carretera llegaban también los Reyes Magos. Nos colocábamos en las
aceras para verlos pasar, y a veces los niños podíamos recoger un anticipo de
los regalos en algún local amplio donde nos atendían los pajes. Había que
volver pronto a casa y acostarse deprisa para que los Reyes pudieran hacer su
trabajo. Pero esa espera era algo que mi padre no soportaba bien. A pesar de
las protestas de mi madre, que prefería esperar al día siguiente, casi siempre
al regresar a casa los regalos ya estaban allí. Nuestra alegría era inmensa. La
suya, también.
La
infancia está hecha con la suma de pequeños vivencias, recuerdos, olores y
sabores. En mi memoria la carretera pasa
de ser solo un lugar físico para convertirse en un espacio simbólico, cargado
de deseos -cumplidos o no- que han perdurado con el tiempo y que configurarán
parte de mi personalidad. Se dice que todo ocurre en la infancia y que el resto
es la inexorable repetición de los días.
Miguel
Salas Yebra
nació en Samper en el año 1954, se trasladó, de muy niño, con sus padres, a
Andorra donde residió unos pocos años y más tarde a Barcelona dónde ha vivido
hasta ahora. Nunca perdió la vinculación con su pueblo.




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