viernes, 16 de octubre de 2026

Narrativa. Recuerdos de mi padre. (Capítulo II)

 

Memorias de un samperino

 Cap. ll: Mi primer recuerdo es una fotografía

Autor: Miguel Salas Yebra

Cuando nací, se heló el río de mi pueblo. Mi madre lo explicaba orgullosa, como si aquel hecho extraordinario de la naturaleza fuera un presagio misterioso, o quizá porque quería asociar su maternidad a un acontecimiento memorable. Fue en el invierno de 1954, uno de los más fríos que se recuerdan. Hubo nevadas copiosas por toda España, y aún hoy algunos observatorios registran aquellas temperaturas como de las más gélidas del siglo. Afectó a casi toda Europa, hasta el punto que algunos periódicos publicaron que París parecía la capital de Siberia.  

Nací en Samper de Calanda, un pueblo de la provincia de Teruel, en una familia humilde y campesina. Por razones que desconozco, mis abuelos paternos habían vendido casi todos los campos que tenían, que tampoco eran muchos, y desde bien joven mi padre trabajó para uno de los mayores propietarios del pueblo. Lo hacía principalmente en el molino, cuidaba de los impeltes (del vocablo aragonés impeltar, injertar, que se utiliza igual para denominar a la variedad como al olivar), recogía las olivas cuando tocaba y las molía, curiosamente no recuerdo oírle hablar de esa actividad. En cambio, sí que recordaba con orgullo las épocas de siega, cuando el trigo, maduro bajo el sol del verano, se recogía con esfuerzo y destreza. Como era habitual en la época fue pocos años a la escuela, aunque leía y escribía con facilidad.

La familia de mi madre vivía también de la agricultura, su situación económica no era muy boyante y empeoró cuando murió su padre el 23 de marzo de 1945. Ella tenía apenas 18 años. 

Nunca estuvieron del todo claras las causas de su muerte. Había hecho un viaje en carro hasta Zaragoza —un trayecto de unos 70 kilómetros— para comprar, al parecer, alguna pieza necesaria para las faenas del campo. Aquella travesía, entre la ida, la vuelta y las gestiones, debió de durar varios días. Poco después enfermó de neumonía. Algunos contaban que cayó al agua al cruzar una acequia y no logró secarse bien; otros decían que durmió al raso en pleno invierno y el frío le pasó factura. Lo cierto es que falleció pocas semanas después de aquel viaje.

Mi madre, como tantas mujeres del campo, trabajó desde muy joven. Recordaba con especial entusiasmo la que debió ser una de sus primeras salidas del pueblo: fue a recoger almendras a Valdealgorfa, a unos 50 kilómetros de distancia. El nombre de aquel lugar, tan sonoro y peculiar, quedó grabado en el imaginario familiar.

Los problemas de la vivienda parecen ser congénitos en la historia de este país, incluso en pueblos pequeños. Mis padres cambiaron de casa a menudo. Nací en la que ya era su segunda vivienda de casados, la que llamaban la “casa del estanco”, pues en los bajos estaba la tienda donde se vendía tabaco y sellos. Estaba en una calle estrecha, junto a las escaleras que comunican la parte alta del pueblo con el Barrio Bajo. No tengo ningún recuerdo de esa vivienda, salvo la frase que me repetían al pasar por allí: “ahí naciste tú”. 

Tenía nueve meses cuando nos trasladamos a vivir a Andorra, un pueblo minero distante unos 35 kilómetros. Andorra se extendía alrededor del cabezo de San Macario, con calles empinadas y casas antiguas. Mi padre se había marchado unos meses antes, pues la actividad minera atraía a mucha gente de otros pueblos y regiones. En diez años casi dobló la población: en 1950 aparecen censados 4.485 habitantes y en 1960 ya eran 7.795. Se estaban explotando las minas y se había construido un ferrocarril que llevaba el carbón desde Andorra a la central térmica de Escatrón pasando por Samper de Calanda. Durante unos dos años vivimos juntos mis padres y yo con su hermano Pepe y su mujer Pilarín, en la zona del pueblo conocida como el Peñal. Probablemente, cuando mi madre se quedó embarazada de mi hermana Rosa Mari decidieron buscar un nuevo alojamiento, y lo encontraron en lo que era la parte nueva del pueblo, la que se fue construyendo entre el casco antiguo y el barrio minero.

A diferencia de otros pueblos, donde el centro de la vida social es la plaza del ayuntamiento o la iglesia, en Andorra ese papel lo ocupaba la carretera. Los griegos tienen un verbo, “agorazein”, que significa “salir a la plaza a ver qué se dice”, cuyo significado se puede extender a salir de casa sin una idea precisa, encontrarse con otros, esperar a ver qué ocurre o sentirse parte de un colectivo. Algo así hacían los andorranos. Al terminar la jornada laboral, era costumbre salir a la carretera: para encontrarse con los vecinos, jugar a las cartas, tomar una copa en los bares o, simplemente, romper la rutina diaria. Especialmente animada estaba los domingos y los días festivos. Era el momento de saludar a conocidos, pasear con los amigos, lucir la ropa nueva o simplemente mirar a los demás. El recorrido no era largo, quizá ni llegaba al kilómetro, pero se caminaba de un extremo al otro y luego se volvía, como para dejar constancia de que uno había estado allí. No había monumentos ni edificios singulares, y sin embargo aquel paseo tenía algo magnético. La vida se sentía y se compartía a través de ese paseo.

Mi primer recuerdo es esta fotografía tomada en ese lugar. En el fondo de la imagen se aprecia bastante gente, por lo que debería ser un día festivo y, más que posar para el fotógrafo, parece como si les hubieran sorprendido. A la izquierda, una mujer corre apresurada, y a la derecha, un hombre -que no debía estar allí- esboza una sonrisa, como si buscara un momento de gloria en una escena a la que no estaba invitado.

La fotografía, bien centrada -seguramente obra de alguien con experiencia- muestra a mi padre y a su hermano Pepe en los extremos, acompañados por mi madre y mi tía Pilarín. En el centro estoy yo, un poco cohibido por la situación.

Debía de ser la primavera de 1955. Ya me sostengo de pie, aunque no parece que tenga mucha estabilidad. Lo confirma también el hecho de que mi madre aún no estaba embarazada de quien sería su segunda hija, Rosa María, nacida en julio de 1956. Mis padres visten con ropa sencilla, algo más arreglados mis tíos. Las mujeres llevan la habitual rebeca de entretiempo; ellos, traje sin corbata. Mi padre aparece con su complexión recia —como se dice en Aragón—, ancho de espaldas, y ya con entradas en el cabello a sus 32 años. En su frente destaca una línea blanca, marca del sol y de la boina o el pañuelo con los que solía cubrirse; el resto del rostro aparece moreno y curtido. Lleva un traje algo gastado, con el cuello de la camisa sobresaliendo por encima de las solapas de la chaqueta. Nunca fue muy elegante, herencia que, creo, he continuado. Mi madre también viste con sencillez, en contraste con la elegancia de Pilarín o con la que siempre lució Pepe al vestir.

En la carretera estaba el quiosco de Pablo, que abría de madrugada para atender a los mineros que “enganchaban” (así se decía) en el primer turno del día. También estaban los otros bares, donde se tomaba café, alguna copa o se jugaban las asiduas partidas de cartas. Estaban los cines, que tanto nos atraían, y también la estación de autobuses, que era el único medio de llegar o salir del pueblo en una época en que pocos tenían acceso al transporte privado.

La fotografía, con su mezcla de espacio físico y humano, evoca recuerdos íntimamente ligados a mi padre. Mi cerebro no puede olvidar el sabor al helado de vainilla de una pequeña heladería cercana. Fuera por la sorpresa de la primera vez o por la intensidad de su sabor, el hecho es que la vainilla siempre quedó asociada a ese lugar.

Algunos domingos mis padres iban a tomar el vermut. Se solía hacer después de asistir a misa, aunque no en nuestro caso, pues mi padre no solía practicar la religión, no recuerdo haber ido a misa con mi padre, más allá de bodas, bautizos y comuniones. Quizás era su reacción a la extrema religiosidad de mi abuela. Nunca me habló de curas, ni de iglesia, ni de dioses. Pero, una cosa era no ir a misa, y otra bien distinta renunciar al vermut. Deseaba que me llevara a tomar una tapa de calamares rellenos en conserva, servida en los típicos platillos blancos alargados. Aquel sabor quedó para siempre como una de mis pequeñas debilidades. Estar con él me hacía sentir seguro e importante.

Antes de volver a casa, solíamos pasar por una pastelería —también en la carretera— para comprar unos pasteles que aún hoy permanecen en mi memoria: merengues y pequeños bizcochos borrachos de almíbar, pero sobre todo los merengues.

Por esa misma carretera llegaban también los Reyes Magos. Nos colocábamos en las aceras para verlos pasar, y a veces los niños podíamos recoger un anticipo de los regalos en algún local amplio donde nos atendían los pajes. Había que volver pronto a casa y acostarse deprisa para que los Reyes pudieran hacer su trabajo. Pero esa espera era algo que mi padre no soportaba bien. A pesar de las protestas de mi madre, que prefería esperar al día siguiente, casi siempre al regresar a casa los regalos ya estaban allí. Nuestra alegría era inmensa. La suya, también.

La infancia está hecha con la suma de pequeños vivencias, recuerdos, olores y sabores.  En mi memoria la carretera pasa de ser solo un lugar físico para convertirse en un espacio simbólico, cargado de deseos -cumplidos o no- que han perdurado con el tiempo y que configurarán parte de mi personalidad. Se dice que todo ocurre en la infancia y que el resto es la inexorable repetición de los días.   

Enlace al primer capítulo...


Miguel Salas Yebra nació en Samper en el año 1954, se trasladó, de muy niño, con sus padres, a Andorra donde residió unos pocos años y más tarde a Barcelona dónde ha vivido hasta ahora. Nunca perdió la vinculación con su pueblo.


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