viernes, 1 de mayo de 2015

ArtiCulo: La doble moral y la incongruencia entre las ideas que predicamos y lo que hacemos.



           Cuentan que en un pueblo cercano a Samper (puede que en Alcañiz o en Albálate del Arzobispo, que ya perdí la cuenta), en los años treinta del siglo pasado, en una reunión de sindicalistas de la CNT, un dirigente que había venido del exterior de la comarca adoctrinaba a los reunidos sobre la emancipación de la mujer y, a la pregunta y confirmación positiva, de si un padre debería dejar en libertar a su hija para escoger novio aunque sus progenitores no estuvieran de acuerdo, uno de los padres, muy turbado, volvió a preguntar “y, ¿si el pretendiente es guardiacevil y de drechas, tamién debemos consentilo?”. Dicen que el dirigente no supo que contestarle.

          Más sincero fue el gitano aquel, al que los milicianos de “Durriti” le hacían trabajar para la comunidad; cuando estaba picando en el tajo, exclamó un tanto escandalizado: “si esto es comunismo, que viva el fascismo”. Fue muy claro, y eso que a los gitanos se les atribuye ser poco sinceros en sus expresiones.
          Dicen que con Maquiavelo empezaron las ideas modernas; este había estudiado bastante y era muy listo; sabía que quien había sido coherente en política estaba abocado a la derrota ante sus adversarios y que todos los movimientos sociales, desde que aparecieron con el cristianismo, terminaron corrompidos, así que más vale que empiecen ya corrompidos y practicando la doble moral: “una cosa es lo que se predica y otra dar trigo”; “el fin justifica los medios, que nosotros tenemos fines buenos y, por lo tanto, hacemos lo que hay que hacer. Los otros, es que no tienen fines buenos, luego sus medios son siempre malos aunque hagan lo mismo que hacemos nosotros”.
          Los jesuitas se impusieron a los reformadores sinceros y consecuentes en la Iglesia católica, y los puritanos protestantes han sido los maestros de la cultura hipócrita moderna.
       Democristianos y socialistas corruptos y mafiosos; conservadores píos que llevan a sus hijas a abortar al extranjero y tienen queridas/os clandestinos; progres carcas y machistas; comunistas que ingresan a sus hijos en colegios de pago, revolucionarios de salón; liberales dogmáticos y ultramontanos como los que estamos padeciendo ahora, que predican el no intervencionismo del Estado en la economía pero intervienen con nuestros impuestos para salvar sus empresa o aumentar sus beneficios; banqueros que han llevado a la ruina a sus bancos saneados con dinero público pero se van al paro o a la jubilación con indemnizaciones enormes mientras predican los recortes a la tropa.
      Con las ideologías ocurre lo mismo. Que conste que personalmente no me gustan todas y algunas me asustan que fueran aplicadas por gente coherente, pero la mayoría si las respeto y me gustaría que quienes dicen digo no hiciera luego diego, que fueran de frente y con honestidad política e intelectual.
         Es muy difícil que seamos coherentes entre lo que hacemos y lo que decimos en la vida real; a veces, incluso, estas dos cosas son diferentes entre ellas y de lo que en realidad pensamos. Somos así, es nuestra naturaleza y esta tendencia a ser de esta manera está muy arraigada en la modernidad occidental y en la cultura judeo-cristiana (y musulmana). Se lo debemos tolerar a nuestros amigos, a nuestros vecinos y, por supuesto, nos lo debemos tolerar a nosotros mismos porque no podemos dejar de ser algo alparceros o beatones; pero cuando nos embarcamos en un negocio con alguien o a elegir a los políticos que nos representan, no deberíamos consentir que nos mintieran más de una vez. Salvo que queramos tener de gestores a arribistas que, con el tiempo, se dejarán de miramientos con sus propios electores.


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